El eco de un sistema que exige sin dar

Cuando los aplausos se volvieron tormenta, no fue solo mi manual de círculos el que se hizo añicos. Fue también el eco de un sistema que, de pronto, me susurraba leyes y normas de inclusión. Una voz que, desde un escritorio lejano, parecía decirme: "Debes acoger a todos. Debes incluirlos. Es tu deber".

Mi manual, por supuesto, no mencionaba que esa misma voz no me daría ni un mapa, ni una brújula, ni siquiera una linterna para encontrar el camino. Simplemente me empujaba a un abismo de incertidumbre.

Y la soledad no se quedaba en la sala de profesores. Al llegar, la soledad se multiplicaba en la mirada de los padres del cuadrado. La misma ley que les daba el derecho a exigir que su hijo estuviera en mi aula, parecía despojarlos de la empatía para entender que yo tenía un manual obsoleto, y que no solo debía atender a su cuadrado, sino a más de veinte círculos, ovalados y semicírculos que también merecían toda mi atención.

Era como si el problema no fuera solo del niño, ni solo mío. Era un síntoma. Un síntoma de una escuela que, por ley, debía abrir sus puertas a todos, pero que aún no sabía cómo hacerlo. De una sociedad que nos pedía ser todo, con casi nada. Y yo, solo con mi mochila, mi moto, y mi cansancio, sentía el peso de un sistema que me había dejado sola en medio de una tormenta que no había visto venir.



¿qué hago con la frustración? Enterate acá: Parte V

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