Voy trazando un nuevo mapa.

 El manual de círculos ha quedado en un cajón. Ya no me lo pregunto, ni lo busco. Comprendí que la solución no estaba en encajar un cuadrado en un agujero redondo, sino en crear un nuevo mapa, en el que la brújula no era un método, sino la observación.

Mi primera mirada sin prejuicios había triunfado. En un rincón del aula, lejos del ruido de los aplausos y de las exigencias del sistema, descubrí que el cuadrado no se ajustaba a los aplausos, pero que sus manos movían las piezas de colores con una precisión y un propósito que nunca había visto.

Este es mi mapa en construcción. Un mapa que no me enseñaron, pero que estoy creando cada día. Que no tiene un final, pero sí nuevas y valiosas lecciones. Es la odisea de una docente que, al soltar su manual de círculos, descubrió que para los cuadrados solo se necesita un lápiz nuevo y la voluntad de dibujar, con ellos, un universo diferente.



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